Un abrigo de lana es necesario, las madrugadas suelen ser frías pero la soledad lo es aún mas, el abrigo da buen cobijo y compañía, en ocasiones porta un saco maltrecho dándole un toque de seriedad o tal vez un nostálgico recuerdo de una vida pasada, un sombrero panama. El resto de la vestimenta prácticamente no importa cualquiera que esta sea inevitablemente se fue decolorando y desgastando con el andar terminando en ese tono gris.
Fue muy conveniente hacerse de una maleta donde guarda los pequeños tesoros que el camino involuntariamente le a obsequiado, una lata, un periódico viejo que leyó una y otra vez, una botella de vino sin terminar, un espejo roto que en momentos terribles suele aparecer y le devuelve una imagen de la realidad, y así un sin fin de pequeños objetos que se obstina en cargar y que solo el sabe por que atesora tanto.
Sin embargo su mas preciado tesoro lo guarda celosamente en una de las bolsas de la gabardina junto a su pecho, una hoja de papel arrugada y sucia que contiene el texto del adiós que algún día encontró en la sala de su hogar y a partir de ese momento comprendió que todo lo que había construido carecía de valor, se sintió aliviado de no seguir con ese tren de vida que lo obligaba a mantener un nivel social, esa misma noche salio de su casa sin avisar a nadie, tan solo con lo que llevaba puesto.
Generalmente el está ahí, su condición de indigente no disimula la fuerza de su espíritu, camina apaciblemente de una esquina a otra del parque es obvio que no tiene prisa por llegar a ningún lugar, su paciencia es casi una virtud, algunas personas al verlo en su camino prefieren cambiar de acera o incluso dar media vuelta evitando todo contacto posible, también esta la gente hipócrita que pretende expiar sus culpas dándole una limosna, treinta monedas de plata algunos deberían entregar, sin embargo ninguna persona nota su gesto que esboza una ligera sonrisa que le otorga la libertad.
D.A.